En el monasterio de monte San Ruperto (hoy Rupertsberg), cerca de Bingen, en Hesse, santa Hildegardis (Hildegard, Hildegarda o Hilda), virgen, que expuso y describió piadosamente en libros sus conocimientos experimentales, tanto sobre ciencias naturales, médicas y musicales, como de contemplación mística.
| Celebración | 17 de septiembre Santos del día |
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| Nombre |
Hildegarda es un nombre de mujer.
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| Nacimiento | el 1098 en Bermersheim en la actual Alemania Santos nacidos en Alemania |
| Muerte | el 17 de septiembre de 1179 en Rupertsberg en la actual Alemania Santos fallecidos en Alemania |
| Proceso |
Declarada venerable el 26 de agosto de 1326
por el papa Juan XXII
Canonizada el 10 de mayo de 2012
por el papa Benedicto XVI
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Hildegarda nació hacia el año 1098 en Bermersheim, junto al río Nahe, en el seno de una familia noble de la región del Rin. Fue una niña de salud frágil, con visiones desde edad muy temprana: ella misma contaría después que hasta los quince años vio con normalidad cosas que los demás no percibían, hasta que el desconcierto de quienes la escuchaban la llevó a guardar silencio sobre ellas durante buena parte de su vida. A los ocho años sus padres la confiaron al cuidado de Jutta de Sponheim, que vivía como reclusa junto al monasterio benedictino de Disibodenberg; allí recibió una instrucción escasa —aprendió a leer y a cantar los salmos en latín, pero nunca llegó a escribir con soltura— y allí también tomó el hábito de San Benito.
A la muerte de Jutta, en 1136, la todavía pequeña comunidad eligió a Hildegarda como superiora. Hacia 1141, cuando rondaba los cuarenta y dos años, sintió el mandato interior de poner por escrito todo lo que veía y oía en sus visiones; dudó largo tiempo, temiendo el juicio ajeno, hasta que confió el asunto a su director espiritual y, a través de él, al abad de la comunidad. Así nació el Scivias, obra en la que trabajó cerca de diez años y en la que un monje transcribía lo que ella dictaba. El propio arzobispo de Maguncia sometió esos escritos a examen, y el papa Eugenio III, informado del caso durante el sínodo de Tréveris de 1147-1148, dio su aprobación con el respaldo de Bernardo de Claraval. A partir de entonces, personas de toda condición —obispos, abades, nobles y gente sencilla— empezaron a buscar su consejo, ya fuera por carta o viajando hasta su monasterio.
Guiada, según decía, por un nuevo mandato divino, trasladó a su comunidad hacia 1150 a un nuevo emplazamiento en Rupertsberg, cerca de Bingen, llevándose consigo a dieciocho hermanas. Años más tarde, hacia 1165, fundó un segundo monasterio en Eibingen, al otro lado del Rin. Desde allí desplegó una actividad excepcional para una mujer de su tiempo: predicó abiertamente ante clero y pueblo, emprendió varios viajes de predicación por ciudades como Colonia, Tréveris, Metz o Wurzburgo, y mantuvo una correspondencia inmensa con emperadores, papas y religiosos, entre ellos el propio Federico Barbarroja.
Su obra escrita fue tan vasta como variada. Al Scivias siguieron el Liber vitae meritorum y el Liber divinorum operum, sendas contemplaciones sobre la vida virtuosa y sobre el lugar del ser humano en la creación. Escribió también dos tratados de carácter científico y médico, el Physica y las Causae et curae, fruto de una curiosidad que abarcaba desde las plantas y los animales hasta las enfermedades del cuerpo humano. Compuso además un notable corpus musical litúrgico, un drama moral considerado de los primeros de su género, y hasta una lengua propia de invención personal, la Lingua ignota. Pocas figuras de su época dejaron un legado tan amplio en teología, música, ciencia natural y medicina a la vez.
En el último año de su vida hubo de enfrentar una dura prueba: las autoridades eclesiásticas de Maguncia le exigieron exhumar el cuerpo de un joven, antes excomulgado, enterrado en el cementerio de su convento, alegando que no podía descansar en tierra consagrada. Hildegarda se negó, convencida de que el joven había muerto reconciliado con la Iglesia tras recibir los últimos sacramentos, y el capítulo de Maguncia respondió imponiendo un entredicho sobre su comunidad. Solo tras mucha insistencia logró que le fuera levantado antes de morir. Falleció en Rupertsberg el 17 de septiembre de 1179.
Su fama de santidad no se apagó con su muerte. Sucesivos papas —Gregorio IX, Inocencio IV, Clemente V y Juan XXII— ordenaron abrir procesos para su canonización formal, sin que ninguno llegara a completarse del todo; aun así, su culto se mantuvo vivo de manera ininterrumpida durante siglos en varias diócesis alemanas, y en 1326 el papa Juan XXII confirmó oficialmente esa veneración. Cuando el monasterio de Rupertsberg fue destruido en 1632, sus reliquias pasaron primero a Colonia y más tarde a Eibingen, donde en 1857 fueron colocadas en un altar propio y ella fue proclamada patrona del lugar.
El reconocimiento pleno de su santidad llegaría siglos después de lo habitual, pero por partida doble: el 10 de mayo de 2012, el papa Benedicto XVI extendió su veneración litúrgica a toda la Iglesia mediante una canonización equivalente, apoyada precisamente en la antigüedad y continuidad de ese culto centenario. Pocos meses más tarde, el 7 de octubre de 2012, el mismo Papa la proclamó Doctora de la Iglesia, distinción que hasta entonces solo compartían otras tres mujeres —Catalina de Siena, Teresa de Ávila y Teresa de Lisieux— y con la que Roma reconocía tanto la santidad de su vida como la originalidad de toda su obra.