San Juan Bautista (Martirio)

Mártir
Memoria del martirio de san Juan Bautista, al que Herodes Antipas retuvo encarcelado en la fortaleza de Maqueronte y a quien, en el día de su cumpleaños, mandó decapitar a petición de la hija de Herodías. De esta suerte, el Precursor del Señor, como lámpara encendida y resplandeciente, tanto en la muerte como en la vida dio testimonio de la verdad (s. I).
Celebración 29 de agosto Santos del día
Los Juan suelen celebrar el 24 de junio: San Juan Bautista (Natividad)
Nombre Juan es un nombre de hombre.
Nacimiento en la actual Israel Santos nacidos en Israel
Muerte en Maqueronte en la actual Israel Santos fallecidos en Israel
Proceso No tenemos registro de su proceso de canonización.

Vida de San Juan Bautista (Martirio) (Hagiografía)

San Juan Bautista: El martirio

Pocos santos aparecen dos veces en el calendario. Juan el Bautista es uno de ellos: la Iglesia celebra su nacimiento el 24 de junio y su muerte el 29 de
agosto. Y esa duplicidad no es un capricho litúrgico. De su nacimiento se dijo que anunciaba otro nacimiento; de su muerte, que fue el último testimonio de una vida entera dedicada a señalar a otro. Hoy se recuerda esa muerte.

El hijo del sacerdote

Juan nació en Ain Karim, en las montañas de Judea, a finales del siglo I antes de Cristo. Sus padres, Zacarías e Isabel, eran ancianos y no habían tenido hijos. Ambos venían de familia sacerdotal: Isabel descendía de Aarón, y Zacarías servía en el Templo de Jerusalén cuando —según el evangelio de Lucas— el ángel Gabriel le anunció que tendría un hijo y que debía llamarlo Juan.

Por nacimiento, a Juan le correspondía el sacerdocio del Templo: el incienso, el turno, la liturgia heredada. No lo ejerció. Siendo joven se marchó al desierto de Judea, y allí vivió como los profetas antiguos, con un manto de pelo de camello y alimentándose de saltamontes y miel silvestre. Cambió el Templo por el desierto y la liturgia por un grito.

Porque eso fue: una voz. Predicaba un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, y la gente bajaba desde Jerusalén hasta el Jordán para escucharlo. No prometía consuelo. Exigía cambio de vida, y lo exigía a todos por igual —a los soldados, a los recaudadores, a los fariseos—, sin distinguir por linaje ni por cargo. Esa intransigencia le ganó una autoridad moral enorme entre el pueblo, y sería también lo que acabaría matándolo.

Delante de Jesús

Lucas presenta a Isabel y a María como parientes, aunque los estudiosos discuten la historicidad del dato y ningún otro evangelio lo confirma. De ese relato viene la escena que la piedad ha guardado con más cariño: la Visitación, cuando María embarazada llega a casa de Isabel y el niño que Isabel lleva dentro salta de gozo. Antes de nacer, Juan ya estaba señalando.

Lo que sí aceptan prácticamente todos los historiadores es que Juan bautizó a Jesús en el Jordán. Es uno de los episodios mejor atestiguados de los evangelios, precisamente porque resultaba incómodo para los primeros cristianos: costaba explicar que el Mesías se pusiera en la fila de los pecadores. Los evangelistas lo cuentan igualmente, y añaden la voz del cielo y la paloma.

De aquel encuentro nació una relación difícil de clasificar. Juan tenía sus propios discípulos y su propio movimiento; algunos de ellos —Andrés, el hermano de Pedro— dejaron al maestro para seguir a Jesús. Cuando los que se quedaron le llevaron la queja de que la gente se iba, Juan respondió con la frase que resume toda su vida:

«Es necesario que él crezca y que yo disminuya»

Es una declaración extraordinaria en boca de un líder religioso con seguidores propios. Y Jesús se la devolvió con creces: «Entre los nacidos de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista». Mateo llega a identificarlo con el Elías que había de volver.

Herodes, Herodías y una fortaleza en el desierto

Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, se había casado con Herodías, que era la mujer de su hermano. Juan lo denunció en público. No era una cuestión de etiqueta: la ley judía prohibía ese matrimonio, y Juan no tenía por costumbre callarse.

Los evangelios cuentan que Herodías se lo tuvo jurado desde entonces. Antipas, en cambio, aparece retratado con una ambigüedad casi moderna: lo hizo encarcelar, pero lo escuchaba, y lo temía, sabiendo que era un hombre justo y santo.

El historiador Flavio Josefo, que escribe hacia el año 93 y sin ningún interés en la teología cristiana, da otra razón, más fría y probablemente complementaria: en las Antigüedades judías explica que Antipas mandó ejecutar a Juan porque su influencia sobre la multitud era tan grande que temía una revuelta. Prefirió adelantarse. Las dos versiones no se excluyen: el reproche moral dio el pretexto, y el miedo político dio la sentencia.

Josefo aporta además el dato que los evangelios no dan: el lugar. Juan fue encerrado en Maqueronte, la fortaleza que Herodes el Grande había levantado sobre un cerro al este del mar Muerto, en un paisaje árido y solitario. Allí pasó sus últimos meses.

El banquete

El relato de Marcos es de una sobriedad terrible. Antipas celebra su cumpleaños con un banquete para los nobles de Galilea. La hija de Herodías baila ante los invitados y agrada tanto al tetrarca que este promete darle lo que pida, hasta la mitad de su reino. La muchacha consulta a su madre. Y pide la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja.

Herodes se entristece —el evangelio lo dice así— pero no se atreve a retirar su palabra delante de los comensales. Manda a un verdugo a la cárcel. La cabeza se
sirve en la mesa.

Es una muerte sin grandeza aparente: no hay tribunal, ni acusación formal, ni última palabra. Juan muere por una promesa hecha en una fiesta y por el orgullo de un hombre que no quiso quedar mal delante de sus invitados. Sus discípulos recogieron el cuerpo y lo enterraron.

La fecha exacta se discute. La tradición recogida en Santopedia sitúa la ejecución en el año 28; los historiadores modernos la colocan entre el 29 y el 36, sin acuerdo.

Después

La tumba se veneraba ya en el siglo IV en Sebaste, en Samaría. Bajo Juliano el Apóstata, en el 362, el santuario fue profanado y las reliquias dispersadas: parte llegó a Jerusalén y de allí a Alejandría en el 395. La Iglesia católica sitúa oficialmente la cabeza en la mezquita de los Omeyas de Damasco, aunque son muchos los templos que reclaman fragmentos. En 2010, unos huesos hallados en la isla búlgara de San Iván fueron datados en el siglo I y atribuidos, con toda prudencia, al Bautista.

Es patrono de Malta, de Jordania, de Puerto Rico y de Quebec, y de ciudades como Alicante, Oporto, Florencia y Génova, donde su fiesta de junio llena las calles de hogueras. En España es también patrono de la Guardia Real.

Pero su lugar en el calendario dice más que cualquier patronazgo. La Iglesia celebra solo tres nacimientos: el de Jesús, el de la Virgen y el suyo. Y de él celebra además la muerte. Un hombre cuya vida entera consistió en apartarse para dejar sitio a otro acabó ocupando en el santoral el doble de espacio que casi nadie.